Historia de parto: Cómo, ¿ya está aquí?

"Puesto que era madre primeriza, todos me dijeron que me mentalizara de que podría dar a luz más tarde". Dar a luz pronto, en la ciudad equivocada, verdaderamente no formaba parte de los planes de la escritora Anna Winberg. Te contamos una emocionante historia de un parto con final feliz.

Revista BABYBJÖRN – Historia de parto con Anna Winberg, aquí con su primer hijo recién nacido.
Su hijo Isidor sorprendió a mamá y papá llegando más pronto de lo esperado.
Foto: Privada

La historia de parto de mi primer hijo

Todos los que me conocen saben que me gusta la planificación. Así que cuando me empecé a acercar al octavo mes de mi primer embarazo ya había leído al menos diez libros diferentes sobre el parto, había comprado ropa de bebé de las tallas más pequeñas y me había gastado una pequeña fortuna en comprar aceite de bebé, pomadas y una minúscula tijerita de uñas en la farmacia más cercana. ¿Quieres consejos de qué meter en tu bolso para el parto?

Me imaginaba cómo iba a estar comiendo bollos y mirando tele basura mientras la barriga terminaba de crecer.

La fecha prevista de parto era el 25 de octubre, pero como era madre primeriza, todos me decían que me mentalizara de que podría dar a luz más tarde. Me imaginaba cómo iba a estar comiendo bollos y mirando tele basura mientras la barriga terminaba de crecer.

Un viernes a finales de septiembre, estaba sola en la oficina con vistas a la costa de Söder Mälarstrand. Todos mis compañeros de trabajo estaban en la feria del libro en Gotemburgo, pero yo había decidido quedarme en la ciudad. Tenía la sensación de que este bebé incluso tal vez decidiera venir antes de la fecha esperada, y había decidido dejar de trabajar la semana siguiente, tres semanas antes de “La Fecha”.

Habíamos decidido pasar un último fin de semana en pareja, antes de que llegara el bebé.

Después de haber perdido en la puja de una casa el día anterior, mi novio y yo decidimos ir en coche a la cabaña de mis padres en la isla de Öland durante el fin de semana para animarnos mirando otras casas, como último fin de semana romántico juntos antes del nacimiento del bebé. Luego tendríamos un mes entero disponible en casa, en Estocolmo, para atornillar la cuna de barrotes, limpiar y llenar el congelador de comida preparada.

Revista BABYBJÖRN – Historia de parto con Anna Winberg, aquí con una gran barriga de embarazada al aire libre.
“No escuches lo que dice la gente. A lo mejor el parto no se retrasa en absoluto solo porque sea el primero”.
Foto: Privada

Habíamos terminado el curso de preparativos del parto, nos habíamos puesto de acuerdo en nombres para niña y niño, y lo cierto es que nos sentíamos muy preparados. A lo mejor nuestro hijo nonato lo percibió, porque en el coche camino a Öland yo me retorcí como una culebra en el asiento delantero y bromeamos con que a lo mejor el bebé estaba en camino.

El tan mencionado “tapón mucoso” había hecho acto de presencia.

Pero en realidad ninguno de los dos se lo creyó en absoluto. Es decir, a lo mejor yo estaba un poco insegura a pesar de todo. Y es que había visto algo al ir al baño. El tan mencionado “tapón mucoso” había hecho acto de presencia, pero la comadrona me había asegurado por teléfono que me podía ir tranquila al campo; el bebé con toda seguridad no vendría en varias semanas.

Por la noche mi barriga se tranquilizó y nos acostamos temprano. A las tres de la mañana, como todas las mujeres embarazadísimas, me levanté a hacer pipí y a contemplar el cielo estrellado. Pero la siguiente vez que me desperté lo que me chorreaba por las piernas no era pipí. ¡Había roto aguas! De pronto tanto yo como el futuro papá nos pusimos muy nerviosos. ¿Y si el bebé no estaba bien? Toda confusa, llamé a obstetricia en Kalmar, la ciudad más cercana, y comenté algo de que yo vivía en Estocolmo, pero que había roto aguas.

Por algún motivo me pareció necesario meterme debajo de una mesa, vomitar y hacerme pipí encima al mismo tiempo.

En el servicio de obstetricia constataron que todo estaba bien, luego nos dirigimos al McDonalds, donde mi chico me compró todo lo que había en el menú mientras yo me descargaba en el móvil una app de contracciones. Era como si estuviéramos en una burbuja, apenas inquietos, sino tan solo totalmente centrados gracias al shock. Puesto que las contracciones eran leves, pasamos toda la tarde en la cabaña mientras yo alternaba entre estar tumbada en el suelo jadeando, o tomar tanto café y comer tantas galletas como pudiera.

Hacia las seis de la tarde tanto yo como el bebé opinamos que era hora de volver al hospital, y apenas habíamos entrado en una habitación me dio una contracción tan fuerte que por algún motivo me pareció necesario meterme debajo de una mesa, vomitar y hacerme pipí encima al mismo tiempo. En otras palabras, había empezado el trabajo de parto.

Desvariaba sobre que me apetecía comer sal, grité un poco, me pusieron la epidural, lloré un poco…

Las siguientes horas incluyeron bastantes cosas que suceden habitualmente cuando se da a luz por primera vez. Me di un baño, estuve sentada en una bola de pilates, me hicieron beber un montón de crema de escaramujo aunque en realidad a mí solo me apetecía caldo, y desvariaba sobre que me apetecía comer sal, grité un poco, me pusieron la epidural, lloré un poco, mandé mensajes a algunos amigos cuando la epidural me hizo efecto, intenté usar el gas de la risa pero no salió bien, estuve paseando con un andador por un pasillo vacío.

Y hacia las once de la mañana siguiente tras un gran empujón, salió nuestro hijo Isidor, quien a pesar de haber llegado tan pronto gritaba, estaba bien de salud y parecía hambriento. Yo estaba eufórica y no me importaba estar en la ciudad equivocada con una cuna de barrotes sin armar y el congelador vacío en nuestra casa de Estocolmo. Y mientras nos concentrábamos en conocernos, aprender a mamar, enviar mensajes a todos los amigos y compañeros sorprendidos que no entendían nada al recibir mensajes con fotos de un bebé recién nacido en sus teléfonos, todas esas cosas prácticas se solucionaron igualmente.

Revista BABYBJÖRN – Historia de parto con Anna Winberg, aquí con su hijo Isidor.
No siempre sale todo como una se lo espera, a veces sale mejor de lo que te pudieras imaginar.
Foto: Privada

Los nuevos abuelos se pusieron manos a la obra con admirable eficiencia, ellos también algo sorprendidos dado que era el primer nieto de la familia por ambos lados. Mi padre devolvió el coche de alquiler, la madre de mi novio limpió el apartamento, mi madre se fue a comprar ropa para mí y para el bebé (ya que nuestro bolso cuidadosamente preparado para el parto había quedado en un armario, en la capital).

Mis consejos para ti que estás leyendo esta historia de parto, por lo tanto, son los siguientes:

  1. No escuches lo que dice la gente. Puedes romper aguas igual que en una película, y a lo mejor el parto no se retrasa en absoluto solo porque sea el primero.
  2. Aunque el parto no sea en el día “correcto” en la ciudad “correcta” las cosas pueden salir incluso mejor de lo que habías imaginado.
  3. ¡Invierte en un buen curso de preparto! Estuve haciendo respiraciones profilácticas desde que rompí aguas hasta que nació el bebé, cosa que fue de gran ayuda cuando todo lo demás estaba saliendo al revés.
  4. Sí tú, como yo, te obsesionas por el control, olvídate de todo e intenta vivir el momento, a lo mejor también terminas teniendo una historia de parto muy divertida que contarás después…

Texto: Anna Winberg


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Nos reservamos el derecho a editar tu texto si elegimos publicarlo. No se ofrece remuneración.


 
Foto: Ellen Carlsson Axberg

Anna Winberg es la autora del libro Vaknätter och verklighetskaos i Vasastan, y vivió diez años en Estocolmo, Suecia, antes de mudarse al pueblo Lerkaka en la isla de Öland donde vive ahora en una casa de campo con su novio Julius y sus hijos Isidor y Hektor. Aparte de escribir libros y tomar demasiado café, trabaja como asesora, conferenciante y diseñadora en la industria editorial. La secuela del libro saldrá en el otoño de 2017.