"Ese fue el momento en que me di cuenta de que estaba en el vuelo del infierno"

El concepto de Club de la Milla adquirió un significado totalmente nuevo para mí el verano pasado. La vida como padre está llena de momentos de júbilo, como todos sabemos, pero también esconde múltiples avatares, como volar con un niño inconsolable. Me compadezco del resto de los pasajeros. Pero os aseguro que lo que ellos tuvieron que soportar no fue NADA comparado con mi sufrimiento como adulto a cargo de una pequeña máquina de gritos, atrapado en una minúscula lata de metal a 10 000 metros de altitud.

El otro día, cuando estaba mirando algunas fotos del verano pasado, me sentí feliz de estar reviviendo tantos momentos estupendos con mi esposa y mis hijos. Fotos llenas de sol y alegría y recuerdos brillantes que te hacen sentir que la vida no está mal, después de todo. Luego, de pronto, me topé con esta foto:

Una mirada dice más que mil palabras… sí, ya sé que el refrán no es exactamente así. Pero tal vez debería serlo.

La verdad es que esta foto esconde toda una historia (aparte del hecho de que parece que llevo unas gafas de broma con una gran nariz de plástico incorporada). Esta foto la sacó mi esposa, unos segundos después de haber aterrizado de vuelta en Suecia, tras nuestras fantásticas vacaciones en España en las que no reparamos en gastos. Justo después de que yo entrara en el Club de la Milla. Lamentablemente, no la versión clásica de “un rapidito en el aseo del avión” sino la versión más adulta de los padres.

Dejadme que os cuente la historia de ese vuelo.

Mi esposa necesita sentarse sola, tomar varios tranquilizantes y ponerse mis fabulosos auriculares con cancelación de ruido tapándole los oídos.

A mi esposa le aterra volar. Tiene tanto miedo que está incapacitada desde el momento en que llegamos a un aeropuerto hasta que nuestro vuelo aterriza sano y salvo en su destino. Por lo tanto, la responsabilidad de los niños recae en mí al completo en cada vuelo que hacemos. Ella necesita sentarse sola, tomar varios tranquilizantes y ponerse mis fabulosos auriculares con cancelación de ruido tapándole los oídos. Estos auriculares son como un salvavidas para los nervios auditivos; como por arte de magia, filtran toda clase de ruidos de la cabina. Todo, desde los estresantes ruidos del avión hasta los terribles sonidos que a veces provienen de los demás pasajeros. Incluyendo el sonido del llanto de un niño. Tal vez especialmente el llanto de un niño.

La facturación había transcurrido sin complicaciones y por fin estábamos acomodados en el avión, listos para despegar. Lamentablemente, los pilotos anunciaron que habíamos perdido nuestro turno para el despegue y ahora tendríamos que esperar más de una hora para el siguiente. O sea que nos esperaban al menos cuatro horas antes de aterrizar, en lugar de tres. Precisamente la clase de noticias que no quieres escuchar. Fue entonces cuando Sammie (sentada a mi lado en la foto) decidió montar un escándalo en toda regla.

La primera oleada de gritos hizo que mi cuero cabelludo retrocediera dos o tres centímetros hacia la nuca.

No sabría decir ni cómo empezó todo, pero creo que tenía algo que ver con que Sammie se negaba desesperadamente a llevar el cinturón de seguridad. Intentó soltarlo y escabullirse, en cualquier caso, mientras yo me aferraba a la hebilla sin ceder. Me dirigió una mirada furiosa que indicó su intención de tomarse esto muy en serio y empezó a chillar. Si hay alguien en la familia que haya sido bendecido con unos pulmones dignos de un buceador de apnea, es Sammie. La primera oleada de gritos hizo que mi cuero cabelludo retrocediera dos o tres centímetros hacia la nuca. No estoy bromeando. No estaba seguro de cómo reaccionar. Una mirada a mi esposa me hizo saber que ella estaba apaciblemente desconectada del tumulto. Así que, estaba solo.

Ese fue el momento en que me di cuenta de que estaba en el vuelo del infierno.

El avión estaba lleno de gente de diversas edades, como suelen estar todos los vuelos. Pero por supuesto tuvimos la mala suerte de estar sentados a seis filas del final del avión y todos los asientos detrás nuestro estaban ocupados por un increíblemente molesto equipo de fútbol de jóvenes de 15-17 años de edad. Cuando Sammie empezó a gritar, se hizo el silencio. Detecté algún murmullo difuso y algunos suspiros irritados provenientes de algunas filas más atrás. “…que hagan callar a ese crío…” es todo lo que pude entender. Ese fue el momento en que me di cuenta de que estaba en el vuelo del infierno. Pero la diversión aún no había empezado.

Si alguna vez convierten el “ruidoso desacuerdo” en deporte olímpico, Sammie tendrá muchas posibilidades de ganar la medalla de oro. Después de casi 20 minutos chillando sin parar, mis células cerebrales estaban tan atrofiadas que cometí el fatal error de intentar detener su mal comportamiento quitándole el chupete.

Ahora no teníamos chupete.

Esto solamente logró una cosa: en menos de un segundo pasó de gritar al 80% a hacerlo a pleno pulmón. Por supuesto, intenté arreglarlo inmediatamente devolviéndole el chupete, pero Sammie estaba furiosa. Agarró su chupete y lo tiró con todas sus fuerzas un par de filas más adelante. Por desgracia, la parte de goma del chupete aterrizó primero, lo cual multiplicó la energía cinética de modo que rebotó con aún mayor velocidad hacia la parte posterior del avión. Ahora no teníamos chupete.

Tragué saliva y le pedí a mi hija mayor que se girara y les preguntara a los futbolistas si podían ver el chupete. Se negó rotundamente. La verdad que no la culpo. A mí tampoco me entusiasmaba la idea de pedirle ayuda a un ruidoso equipo de fútbol (que ya me/nos odiaba). Pero me armé de valor, me aclaré la garganta con aires de autoridad y les pregunté. Los chicos fingieron mirar debajo de sus asientos, pero no vieron ningún chupete. ¡Lástima! Ahora sí que era hora de despegar.

Sentimos una especie de zumbido en los oídos y todos suspiraron aliviados. Menos yo.

Sammie siguió gritando como si no pensara callar nunca. Por el rabillo del ojo, pude ver cómo los chicos se retorcían en sus asientos y cuchicheaban entre sí. Habían pasado 45 minutos y todavía no habíamos despegado. En ese instante, Sammie de pronto decidió cambiar de táctica. Dejó de chillar súbitamente, dejando un abrupto silencio en nuestras cabezas. Sentimos una especie de zumbido en los oídos y todos suspiraron aliviados. Todos menos yo. Porque podía ver en su mirada que la batalla distaba mucho de estar acabada. Esto era solamente el final de la primera escaramuza. Sammie tenía la intención (y tiemblo al escribir esto) de acabar conmigo – de una manera larga y dolorosa.

En lugar de continuar a pleno pulmón, bajó la intensidad y entró en el modo de ahorro energético de los profundamente injuriados, por así decirlo. Si el anterior chillido que helaba la sangre había tenido un impacto casi físico, este nuevo lamento monótono y de baja intensidad era totalmente extenuante a nivel mental.

Ahora, meses más tarde, debo confesar cierta admiración por su tenacidad. Pero en ese momento, a 10 000 metros de altitud, después de tres horas de sufrimiento y con más de una hora para el aterrizaje, si la tripulación me hubiera ofrecido un paracaídas y me hubiera invitado a saltar, tal vez no lo hubiera rechazado.

La verdad que no recuerdo mucho de esa última hora de vuelo. Tengo un vago recuerdo de que el equipo se alborozó ruidosamente cuando el avión sufrió turbulencias en algún lugar sobre Alemania. También estaban cantando algo de mal gusto dadas las circunstancias. Al mirar a mi esposa a los ojos por primera vez durante el vuelo, percibí una mirada asesina. Pobres de ellos si ella hubiera podido tirarlos del avión en esos momentos. El resto de esa última hora es un recuerdo borroso.

Papá: un hombre de mediana edad y clase media con la mirada de un pobre diablo que acaba de pasar por una lobotomía mal hecha.

No me preguntéis cómo, pero sobrevivimos a la catarsis. Irónicamente, el llanto insoportable de Sammie terminó en el mismo momento en que aterrizó el avión. En un instante volvió a ser la niñita adorable que solía ser, y cuando mi esposa se giró y nos preguntó cómo había sido el vuelo, la imagen de arriba es lo que se encontró. Una niñita contenta y a todos los efectos monísima y su papá: un hombre de mediana edad y clase media con la mirada de un pobre diablo que acaba de pasar por una lobotomía mal hecha. Pero estaba vivo. Y eso, señoras y señores, se merece un premio (si puedo decirlo yo mismo), y es por eso que me estoy concediendo el derecho de redefinir las normas de admisión al Club de la Milla. Porque sí.

Lo curioso del miedo a volar de mi esposa es que la ansiedad y fragilidad que experimenta durante el vuelo se transforman inmediatamente en frenética energía y exuberancia cuando llegamos a tierra firme. Le gusta jugar y bromear. Así que rápidamente había sacado el móvil y se había puesto a hacer fotos. Pegó un grito de emoción al ver el resultado y me mostró la foto tan graciosa que me había sacado. ¡Como si esas cuatro horas hubieran sido una especie de fiesta! Se preguntaba a qué se debía mi cara de gruñón, lo cual me resultó frustrante porque lo que yo en realidad sentía era furia contenida. Me hervía la sangre, pero mi cerebro estaba como una batería descargada. Lo cual explica mi mirada vacía de zombi, supongo.

Otro dato interesante es que esta foto se sacó unos 25 minutos antes de que la pantalla de mi móvil se hiciera añicos contra el suelo de un autobús abarrotado y sudoroso, en el trayecto del aeropuerto a la ciudad.

Nombre: Mikael Andersson

Edad: 40

Familia: Esposa (Josefine) y tres hijos (Stella, Tintin y Sammie)

Vive en: Hisingen en Gotemburgo, Suecia

Sobre la paternidad: Lo más importante para mí es que mis hijos crezcan como personas fuertes e independientes, que se sientan libres de ser quienes son, que no tengan miedo y que elijan su propio camino. Naturalmente, quiero que sean personas agradables y amables. Pero, sobre todo, quiero que disfruten de una vida segura y feliz. Quiero que se diviertan tanto como puedan y que nunca se conformen con menos de lo que merecen.